En polĆtica, en economĆa y en la vida, el problema no siempre es la falta de voluntad, sino la tardanza. Hay decisiones que, si no se toman a tiempo, pierden eficacia. Los āgringosā lo resumen en una sola palabra: timing. Nosotros, con mĆ”s sabor y menos eufemismos, lo decimos de otra forma: no todas las habichuelas se ablandan con mĆ”s fuego; algunas simplemente llegaron tarde al agua.
Ese parece ser el caso del crecimiento desordenado de los alojamientos no hoteleros en nuestro paĆs, impulsados por plataformas digitales de alquiler turĆstico que, a la fecha, siguen operando sin un marco regulatorio claro, justo y equitativo.
Hace casi una dĆ©cada, cuando iniciaba el boom del turismo inmobiliario, muchos pensĆ”bamos que el crecimiento de este segmento estarĆa acompaƱado de planificación estratĆ©gica. Al fin y al cabo, el paĆs ya era un destino turĆstico maduro, con dĆ©cadas de experiencia, instituciones sólidas y suficientes lecciones aprendidas como para no repetir errores del pasado.
El turismo inmobiliario o residencial āmodalidad en la que visitantes adquieren o alquilan propiedades para uso temporal o para su explotación turĆsticaā creció al amparo de mĆŗltiples factores: mayor conectividad aĆ©rea, aumento del patrimonio privado, bĆŗsqueda de segundas residencias y, por supuesto, oportunidades de inversión atractivas en destinos de sol y playa. Su impacto inicial fue positivo: dinamizó la construcción, el comercio, los servicios y generó un significativo efecto multiplicador en la economĆa.
El problema no fue el crecimiento. El problema fue permitir que creciera sin reglas claras.
Hoy, ese segmento se ha convertido en una competencia directa y desleal para el sector hotelero formal, que sà cumple con estrictas normas fiscales, laborales, sanitarias, de seguridad y calidad. Mientras tanto, una parte significativa de los alojamientos no hoteleros opera sin asumir esas mismas responsabilidades, afectando no solo la equidad del mercado, sino también la calidad del destino.
Peor aĆŗn, este fenómeno ha incidido en la composición del turismo que recibimos. El auge de ofertas de bajo costo ha facilitado la llegada de un visitante con menor capacidad de gasto, reduciendo el impacto económico real del turismo en el paĆs, justo cuando el reto estratĆ©gico deberĆa ser elevar el gasto promedio por turista, no abaratar aĆŗn mĆ”s el destino.
Las estadĆsticas lo dicen todo. En 2025, RepĆŗblica Dominicana recibió por vĆa aĆ©rea 7,341,745 turistas extranjeros no residentes. De ellos, un 76 % se hospedó en hoteles, mientras que un preocupante 24 % utilizó otros tipos de alojamiento, segĆŗn datos oficiales del Banco Central.
En destinos clave, la tendencia es consistente: Punta Cana cerró el aƱo con un 13 % de turistas alojados fuera del sistema hotelero, es decir, 706,530 turistas. En Puerto Plata, un 33%; La Romana, un 21%; SamanĆ”, un 20%; y en Santo Domingo, donde el fenómeno es mĆ”s difĆcil de medir, muestra un alarmante 54% de visitantes hospedados en alojamientos no hoteleros.
Cada año que pasa aumenta la proporción de turistas que optan por este tipo de oferta, incrementando los riesgos en términos de seguridad, informalidad y evasión fiscal, y reduciendo el aporte directo del turismo a las finanzas públicas.
El momento ideal para regular este segmento fue justo despuĆ©s de la pandemia, cuando el paĆs apostaba por una recuperación ordenada del turismo, con estĆ”ndares mĆ”s altos, mayor control de calidad y una estrategia clara de reposicionamiento del destino. Ese tren pasó⦠y no lo abordamos.
Hoy el reto es doble: regular un mercado ya consolidado ātarea compleja incluso para destinos mĆ”s pequeƱos y menos exitosos que el nuestroā y, al mismo tiempo, corregir una imagen que empieza a calar en ciertos mercados emisores, donde RepĆŗblica Dominicana se percibe como un destino barato, accesible y sin mayores exigencias.
Para ser mĆ”s claros: en lugar de sofisticar nuestra oferta, hemos facilitado su abaratamiento. Eso no significa que sea imposible corregir el rumbo. Pero cada dĆa que pasa, el fuego es mayor y las habichuelas mĆ”s duras.
Regular los alojamientos no hoteleros es una urgencia. Exigirles los mismos estĆ”ndares que cumplen los hoteles representa justicia competitiva. Y paralelamente, el sector hotelero ājunto al Estadoā debe articular una estrategia de comunicación e imagen que recuerde al mundo todo lo que ofrecen nuestros hoteles: seguridad, calidad, empleo formal, sostenibilidad y valor agregado.
QuizÔs aún estemos a tiempo de salvar el plato. Pero el reloj corre, y en turismo, como en la cocina, el timing lo es todo.
